La limpieza de vajillas, cuberterías, cristalerías o utensilios de cocina se realiza mediante el lavavajillas que suele ser una mezcla de líquidos viscosos o pastas con alto poder de formación de espumas, frecuentemente transparentes y ligeramente aromatizados.
Los componentes más importantes del lavavajillas son los tensioactivos aniónicos, sustancias que permiten la disolución de las grasas que manchan platos y cubiertos en el agua de lavado. Puesto que el lavado se hace con abundante agua, no se necesitan agentes antirredeposición o quelantes para eliminar el calcio y magnesio del agua de lavado.
Para evitar en lo posible los efectos adversos sobre la piel, se añaden protectores, normalmente sustancias procedentes de plantas y con un ligero efecto limpiador. En los más modernos, también se añaden nutrientes de la piel, aunque su efecto no está demostrado.
Los espumantes favorecen la creación de espuma. Como también es un agente limpiador permite controlar la cantidad de lavavajillas presente en el agua de lavado, de forma que al decrecer la formación de espumas indica la necesidad de añadir nuevamente producto limpiador.
Sin efecto limpiador, los lavavajillas también contienen espesantes, para dar la viscosidad adecuada al producto (en muchos casos se trata de sal), conservantes para impedir que se eche a perder y aromas y colorantes para mejorar su aspecto.
Algunos lavavajillas actuales añaden a su composición abrillantadores, que impiden que el agua, al secarse sobre la vajilla, lo haga formando gotas que empañen su superficie.