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La limpieza doméstica más laboriosa, sobre todo por su magnitud, consiste en la limpieza de superficies: suelos, ventanas, muebles, aseos... Aunque todas son superficies que requieren un proceso similar para su aseo, no existe un único producto que permita la eliminación de la suciedad en todas ellas. Esto es así por dos razones fundamentales:

  1. La suciedad muestra un grado de adherencia diferente dependiendo de la superficie sobre la que se asienta. Así el polvo se asienta más fuertemente sobre superficies de madera que sobre superficies metálicas y, por lo tanto, será más fácil eliminarlo de estas últimas que de las primeras.

  2. La labilidad de la superficie. Los productos de limpieza, a la vez que eliminan la suciedad, atacan la superficie sobre la que ésta se deposita. Así los ácidos atacan con intensidad las superficies no vidriadas y débilmente las superficies porcelánicas.

Esto significa que los productos empleados para la limpieza de las superficies deben no sólo eliminar la suciedad y las manchas de la superficie a limpiar, sino también proteger ésta para evitar su deterioro. Y por esto mismo cada superficie requiere el empleo de un producto de limpieza específico.

Otra restricción se aplica a la limpieza de superficies: el uso limitado de agua. Muchas superficies a limpiar se encuentran fijas en paramentos verticales u horizontales, lo que limita la posibilidad de su inmersión en agua para arrastrar la suciedad.

A continuación se verán los procesos implicados en la limpieza de superficies del hogar.

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