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La suciedad que se acumula en los vidrios y cristales, sobre todo en ventanas, se debe a las partículas de polvo presentes en el aire y a los restos de grasa que se deposita al tocarlos o de los vapores grasos que se producen en el hogar.

Para eliminar las grasas se emplean tensioactivos, normalmente no iónicos, con bajo poder de formación de espumas, lo que elimina la necesidad de aclarar el vidrio después de su limpieza. También para disminuir la formación de espumas se usa como disolvente una mezcla de agua y alcohol, ya que el alcohol facilita la ruptura de las espumas.

El polvo se adhiere a la superficie del cristal por fuerza electrostática, por lo que su eliminación requiere el empleo de cationes que contrarresten la adherencia del polvo. Para esto suelen emplearse derivados del amoniaco que, además, confieren un carácter básico a la mezcla que facilita la eliminación de las grasas.

El empleo del disolvente, normalmente una mezcla de agua y alcohol, es muy importante ya que la mezcla de agua y alcohol se evapora con más rapidez que el agua pura, con lo que se acelera el secado de las superficies limpiadas e impide que se formen gotas sobre el cristal que, al secar, lo empañen.

Por otra parte, aunque la mayor parte del polvo doméstico que ensucia los cristales está formado por células de la piel muertas, una pequeña parte del polvo consiste en pequeñas partículas de sílice, que pueden rayar los cristales al arrastrarse sobre ellos. La mezcla de alcohol y agua actúa como lubricante en el desplazamiento de estas partículas de sílice y protege el vidrio, impidiendo su deterioro.

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