Se trata de un gas de olor fuerte, penetrante y muy característico. Sintetizado industrialmente sobre todo para la obtención de fertilizantes, es muy soluble en agua. En el hogar se puede emplear esta disolución acuosa como producto de limpieza o como ingrediente en muchos productos de limpieza:
Desengrasantes enérgicos. Confiere un carácter alcalino que favorece que los tensioactivos aniónicos se encuentren disociados en su forma más activa para la disolución de las grasas. Además favorece la descomposición de las grasas hidrolizables que se disuelven entonces con más facilidad. Como la concentración de amoniaco de estos detergentes suele ser elevada, estos productos suelen ir acompañados con un aroma intenso, normalmente derivado del pino, que enmascare el olor del amoniaco.
Limpiacritales y limpiadores para eliminar el polvo. Usado en menor concentración, el caracter levemente básico que el amoniaco da al limpiador permite la ruptura de las fuerzas electrostáticas que unen el polvo a la superficie, permitiendo que el polvo se separe de ésta y sea arrastrado por la disolución de lavado. Además ayuda a eliminar los posibles restos de grasas de las superficies limpiadas.
Amoniaco. Aunque cada vez es menos usada la disolución amoniacal simple, antes se empleaba en la limpieza de baños y aseos, ya que es un potente desengrasante y desinfectante. La toxicidad de sus vapores, el caracter irritante de la disolución amoniacal y los riesgos ocasionados por su posible mezcla con otras sutancias limpiadoras ácidas, como el agua fuerte, lo ha ido alejando del uso doméstico.